Pero ya con eso no nos alcanza. Lo mundano ya no nos resulta atractivo, y es por eso que le damos una vuelta de tuerca más al asunto. He escuchado desde hace un tiempo que varios dirigentes de los países del viejo continente están interesados en medir la felicidad de sus habitantes. Más allá de querer saber cómo sería el mecanismo de medición, universidades como Harvard, pasando por el primer ministro inglés James Cameron, y hasta el presidente francés Nicolás Sarkozy consideran que las oficinas de estadísticas ya no solo deben medir la inflación, sino además la felicidad de los ciudadanos mes a mes.
Imagínense recibiendo al censista y respondiendo a la pregunta ¿se siente usted feliz?, para lo cual primero deberíamos plantearnos que entendemos por felicidad, lo que nos demandaría varias carillas de reflexiones tratar de llegar a una conclusión.
Entonces llegaríamos a la paradoja de definir o decidir nuestras acciones en función de mediciones. De datos y de números. Y métodos de medición y análisis sobran…
Ya nadie se va a enojar ni va hacer planteos conflictivos cuando tengamos que decidir entre dos opciones:
“Amor, hoy salgo con los chicos. Hice el análisis y si salgo con vos me da la TIR negativa. Es inviable, no me conviene...”
“Banda, hoy no puedo ir a jugar al futbol. El período de recuperación de capital es muy alto, así que no me conviene. Mejor me voy al cine con mi novia…”
“Qué mal la selección Argentina. Si hubiera ganado la Copa América, todos nosotros nos sentiríamos más felices, por lo tanto estaríamos más contentos, trabajaríamos con más ganas, seríamos más eficientes y produciríamos más, y por lo tanto mejoraría nuestra economía. En ese sentido, es bueno para la economía de Córdoba que haya ascendido Belgrano. En fin, una de cal y una de arena…”
Nos pasaríamos la vida analizando números, datos, calculando indicadores y evaluando alternativas para ser más felices, sin entender que la felicidad no es un destino, ni un proyecto que se planifica a largo plazo, sino un sentimiento debido a un estado personal en el que se es consecuente con los propios valores y principios. No se puede ser feliz todo el tiempo, todos los días, las 24hs del día. Pero si se puede serlo la mayor parte de ese tiempo.
Así que propongamos que los parámetros para medir nuestra felicidad sean nuestros y no impuestos por lo socialmente bien visto y aceptado. De esta manera, cuando recibamos al censista sabiendo la pregunta que nos va a formular, podamos recibirlo con una auténtica y bien lograda sonrisa…

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